Hubo una vez un invierno tan duro, que los pobres sufrían
más que de costumbre. Para ir en busca de ayuda a lo del
único hombre rico del pueblo, hombre famoso por su avaricia,
el guía espiritual eligió una de las noches más
frías. Golpeó la puerta y el ricachón mismo
salió a abrirle. Era la única persona del poblado
que en una noche así solo vestía una camisa, de
tan calefaccionada que estaba su casa.
- Entre, pase, en casa va a estar más abrigado –
Invitó a pasar . – No, no vale la pena, es sólo
un minuto, respondió el líder espiritual y entabló
con él una larga conversación preguntándole
por cada uno de los miembros de su familia, mientras el hombre
tiritaba ante la puerta abierta. A cada momento volvía
a rogarle al lider espiritual que entrara, pero éste persistía
en su negativa.
- ¿ Y, cómo le va al primo de su cuñado,
que dejó la ciudad? Seguía con su charla.
El hombre rico estaba azul y no soportaba más el frío,
de modo que preguntó finalmente: - ¿Cuál
es el motivo de su visita?
- Vine a pedirle dinero para comprar carbón para los pobres
del pueblo.
- Bien, y ¿Por qué no entra y hablamos al calor
del hogar?
- Es que si entramos a su casa a sentarnos al lado de la chimenea
a disfrutar del calor, cuando yo le explique que los pobres sufren
frío usted no va a entenderlo. Pero en cambio, ahora, que
usted siente el frío en sus propios huesos, si yo le digo
que los pobres sufren frío, va a comprenderlo mejor ¿No
es cierto?
La suma entregada por este hombre alcanzó para que en
ninguna casa del poblado faltara leña en todo ese invierno.
Disfrutemos del calor de nuestro hogar, valoremos cada cosa que
tenemos, e intentemos dar de nosotros para que otros también
lo puedan hacer.