Un padre y su hijo pequeño llevaban un camello a través
del desierto, caminando a su lado. El camino era largo, el sol
quemaba, y estaban cansados.
Se cruzaron con un hombre que los miró con asombro y les
dijo riendo: "¿Por qué van los dos a pie en
vez de montar el camello? ¡Qué tontos que son!".
El padre y su hijo, entonces, se subieron al camello.
Al rato de haber montado al camello, los vio un caminante que
levantó las manos horrorizado: "¡¿Cómo
no tienen compasión de ese pobre animal?! ¿Por qué
lo hacen cargar el peso de dos personas?". Entonces el hijo
se bajó del camello, y siguió caminando a su lado.
Más tarde, un hombre los vio y le dijo al padre: "¡¿No
le da vergüenza dejar a su hijito a pie, mientras usted va
cómodamente sentado?! ¡Qué padre desalmado!".
El padre desmontó y puso a su hijo sobre el camello.
Luego se cruzaron con otro caminante que gritó escandalizado:
"¡El hijo montado mientras su pobre padre va caminando!
¡Niño irrespetuoso!".
No importa lo que hagamos, casi siempre habrá alguien
que considere que estamos actuando bien y alguien que piense que
estamos obrando mal. Para evitar ser criticado ¿es mejor
entonces no hacer nada? Pero si no hacemos nada, ¡también
seremos criticados!, y además ¿qué clase
de vida sería esa?
Los valores que nos inculcaron y nuestra tradición, intentan
ser una fuente que nutra nuestro juicio para poder saber cuando
actuamos bien y cuando no. Pero más que eso, intentan impulsarnos
a una vida de acción, inspirada en la premisa de que nuestros
actos son los que determinarán qué clase de persona
somos.